miércoles, 1 de septiembre de 2010

Quiero pensar


En unas declaraciones realizadas a la televisión pública catalana el Conseller de Innovación, Universidades y Empresa, Josep Huguet, ha dicho que "Los profesores de las universidades catalanas deberán tener el nivel C de catalán (sobre una escala que llega al nivel D), aunque sean docentes del resto de España. Es simplemente para garantizar el equilibrio lingüístico".

¡Toma ya!

Quiero pensar que es fruto del fragor de la batalla electoral que ya ha empezado en Catalunya (la preelectoral la sufrimos el resto del período legislativo, como en cualquier otra Comunidad). Quiero pensar que ha sido un ataque de sinceridad política del Conseller (de esta forma, no nos llevamos a engaños). Quiero pensar que no se arrepiente de lo dicho (no ayudaría a su electorado). Quiero pensar que forma parte de un ideario y de un programa político (de esta forma, pasará a la historia con mayor facilidad). Quiero pensar que el Conseller lo ha anunciado para facilitar el debate y simplificarlo, me refiero a la Universidad, claro, en el resto de la enseñanza no hay posibilidad, (¿afortunada o desgraciadamente?) como todos sabemos.
¿Qué escogería si se diera el caso?
a) Un profesor mediocre, pero que sepa catalán
b) Un buen profesor, pero que no sepa catalán

Yo lo tengo claro. Me gusta hacer algo más que mirarme el ombligo.

Recomendable la lectura del artículo de Francesc de Carreras en "La Vanguardia":

El catalán en la Universidad-Francesc de Carreras (La Vanguardia)

jueves, 5 de agosto de 2010

Amigos, la página va a estar inactiva 15 días, por vacaciones.
Ya sabéis: Playa, siesta, gazpacho...
y alguna conexión que otra, para qué vamos a engañarnos.

¡Hasta la vuelta!
Será antes de que finalice agosto.

martes, 3 de agosto de 2010

La dificultad de innovar en educación

El debate sobre la innovación en educación se sustenta en tres grandes ejes discursivos ineludibles e interrelacionados, el ideológico - político, el pedagógico y el tecnológico. En la mayoría de los casos, las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) se destacan como herramientas con el suficiente potencial como para facilitar la innovación en la educación, es decir, con capacidad para introducir novedades que provoquen cambios sustanciales en las estructuras que a su vez, permitirán mejorar los procesos y los resultados de la enseñanza y el aprendizaje. Pero a pesar de la introducción de las TIC en las aulas, la innovación parece imposible.

Las respuestas al porqué de esta imposibilidad, desde mi punto de vista, deben buscarse puertas afuera. En este sentido, deberíamos recordar que -en referencia al discurso ideológico y político sobre innovación- la sociología de la educación ha planteado la cuestión sobre una premisa básica: la organización del conocimiento educativo se considera la fuente más importante de poder en la sociedad, como sintetiza Michael Young en su obra "Knowledge and Control". El hecho de que se haga con más o menos restricciones a las libertades es en realidad el indicador que marcará la diferencia entre unos sistemas y otros, pero en todos los casos no dejará de ser uno de los principales recursos del poder para el mantenimiento del statu quo.

Es por tanto, éste, un debate contextualizado en unos sistemas educativos estandarizados, que plantean una educación unificada, con recorridos iguales para todos, con una fuerte implantación de rutinas y solidificación de las estructuras que hacen posible su permanencia, que explican su institucionalización. Innovar dentro de estas organizaciones es ir contra ellas, porque innovar significa cambiar. Introducir los cambios para conseguir una nueva educación, individualizada y más libre, supondría hacer tambalear los pilares de las actuales estructuras y de sus inercias. Intentar innovar es estar dándose de golpes contra la pared, contra los muros del sistema. Esta es la sensación que describe la mayoría de los formadores que han apostado por la innovación.

Es por ello que pienso que, cuando nos preguntamos por qué es tan difícil innovar en educación, se nos hace tan difícil responder, porque intentamos contestar desde dentro del entramado educativo. Y es que desde dentro no se puede innovar más que parcialmente, sólo hay que ver lo que se está haciendo en este terreno, siempre de manera más o menos aislada, y sólo gracias el empeño de algunos profesionales de la educación o, en el mejor de los casos, por parte de la dirección de algunos centros. Si los Gobiernos apuestan por la innovación en las aulas es sólo para mantener el control de los cambios, si es que realmente se producen.

Echando un vistazo a la situación interna del sistema y siguiendo el hilo del alto fracaso escolar, las deserciones de los estudiantes y su desinterés, llegamos al ovillo de la motivación, a las metas de los niños y jóvenes escolarizados. En este sentido, recordaría que el debate pedagógico se basa fundamentalmente en los argumentos que nos ha dado la contribución de la psicología de la educación y no descubrimos nada nuevo si decimos que la motivación de los alumnos (contando con la de los profesores) es la energía que mueve el entramado educativo en las aulas, porque la proposición lógica es muy simple: Una persona nunca aprenderá si no quiere aprender.

En el caso de España, es una evidencia incontestable que definitivamente a un 30% de los jóvenes de nuestro país no les motiva lo que se les quiere enseñar en nuestras escuelas; dicho de otro modo, treinta de cada cien estudiantes no logran terminar los estudios obligatorios (ESO), yendo a parar a las listas del fracaso escolar. De hecho, el año 2007, el 31% de los españoles de entre 18 y 24 años ni tenía el título de la ESO ni se estaba formando. Y eso sin contar aquellos que concluyen estos estudios sin estar especialmente motivados, un grupo difícil de cuantificar, pero detectable si seguimos la pista de las evaluaciones y las deserciones posteriores en Bachillerato, la FP o la Universidad (entre un 30% y un 35% no termina los estudios superiores).

En la búsqueda de soluciones, algunos profesionales apuntan que quizá tendrían que ver la innovación como respuesta a "por qué", "para quién" y, especialmente, en el "cómo" educan. Es un punto de vista interesante porque deja de situar a las TIC como eje de la innovación. Las nuevas tecnologías, efectivamente, son una herramienta y su efectividad dependerá de los contenidos y del uso que de estos contenidos hacemos, introduciéndolos desde fuera del sistema, como un líquido a través de una aguja hipodérmica.

lunes, 2 de agosto de 2010

La comunicación en las aulas

Miles de estudiantes de Secundaria de este país están hincando codos todo el verano para tapar los baches, a veces grandes baches y agujeros en los que han tropezado y han caído a lo largo del curso. Lo hacen en esos Cuadernos de vacaciones (menuda ironía, piensan ellos) que estarían muy bien si su propósito no fuera repasar, sino adentrarlos en los conocimientos que se van a encontrar en el curso siguiente. Finlandia es un país de referencia en cuanto a la efectividad y calidad de su sistema educativo ¿Necesitan los estudiantes finlandeses unos Cuadernos de verano como los nuestros? ¡NO! Resulta que nuestros alumnos tienen que practicar el autoaprendizaje en casa porque han sido incapaces de aprender o porque otros (los profesores, claro) han sido incapaces de enseñar en el clase durante el curso (autoaprendizaje salvo que a los padres les toque pagar la academia de repaso... esa que está justo enfrente del colegio).

Desde luego, si aprenden ahora solos en casa la pregunta es obvia ¿Qué diablos han hecho los profesores durante el curso? Pues, así, de entrada, yo diría que no han sabido comunicar, ni motivar y que los que lo han hecho han sido frenados por el sistema, nuestro maldito sistema educativo, ese que Pisa pone en evidencia una y otra vez, especialmente en comunidades autónomas como la catalana. ¿Habrá alguien que se atreva a decir la verdad sobre las causas del fracaso escolar?

El debate es largo. Pero vayamos por partes. Me interesan ahora los profesores. La comunicación en la educación forma parte de las raíces más profundas de la cultura occidental. Si recordamos los principios de la sofística y el pensamiento de Sócrates, el oficio de educar se enmarca en un contexto de diálogo marcado por interacciones lingüísticas. No descubro nada al decir que el proceso docente es un proceso puramente comunicativo, y así podemos deducir que no se producirá aprendizaje si no se despliega la capacidad de comunicarse.


El lenguaje es el elemento central de la comunicación en la clase, debido a que es la manera de hacer llegar y poder compartir significados. Sin embargo, cuando me refiero a la comunicación lo hago en un sentido global (comunicación verbal y no verbal), y quiero significar que en el aula los profesores y los alumnos interactúan más allá de como lo planteaban en la antigüedad, más allá del hecho lingüístico. Se produce interactividad cuando los individuos orientan sus comportamientos en función del comportamiento de los otros.

Desde un punto de vista constructivista, el proceso educativo, como hecho esencialmente social, es un proceso comunicativo, de interrelación y de ajuste entre lo que hace o dice o hará el alumno constructor del conocimiento, con la ayuda y la guía del profesor. A partir de esta dinámica de interacciones, podemos inferir, por un lado, que el profesor siempre está influyendo en los alumnos, aunque no diga nada, lo que también se produce inversamente y, por otra parte, que todo lo que hace o dice el profesor define su relación con la clase.

¿Qué comunican los profesores a sus alumnos? Yo no estoy en clase, pero me lo imagino, porque los alumnos llegan a casa obsesionados con las notas. ¿llegarán a casa algún día motivados por lo que han aprendido y con deseos de saber más? ¿Tendrán suficiente con 1 hora extra de deberes en vez de las dos o tres horas más de machaque porque las clases no han sido todo lo productivas que debieran ser? No me extraña que la mayoría de alumnos esten desmotivados y quemados. Podríamos decir aquello de "pero eso de  la motivación es otra historia"; pero no, la motivación es la misma historia.

miércoles, 28 de julio de 2010

URGENTE: SE NECESITAN LÍDERES


Siempre he sido contrario a las frases hechas cuando son utilizadas como argumentos irrefutables o verdades indiscutibles. Tienen su gracia, no lo voy a negar, y yo también echo mano de ellas de vez en cuando, pero de eso a usarlas siempre como el que dice “Santiago y cierra España”, me niego. Hoy mismo, he vuelto a oír aquello de que cada país tiene los políticos que se merece, dicho sobre nuestros gobernantes. Pues no. No es verdad. Los españoles no nos merecemos  a esos políticos que dicen representar nuestros votos –eso lo utilizan y lo esgrimen de maravilla- pero que no representan nuestros intereses.
Sufrimos una asfixiante falta de liderazgo. La prueba está en las encuestas del CIS sobre la credibilidad y la confianza en nuestros políticos, a los que consideramos un problema. Un problema grave, porque la clase política es lo que más nos preocupa después del paro y de la situación económica. Ante esa evidencia, ¿alguien cree que de verdad nos merecemos tener más problemas y encima que nos los añadan justamente aquellos a los que votamos para que nos administren diligentemente y de manera eficaz y eficiente? Creo que la mayoría no se gana el sueldo que les pagamos.
La falta de liderazgo es el problema que sale a la superficie, pero es sólo la punta de un iceberg que esconde en su base problemas de mayor calado. La ley electoral, la férrea disciplina que impone la propia estructura de los partidos que acaban siendo única y exclusivamente maquinaria electoral con objetivos a corto plazo. Ejemplos los tenemos todos los días, en los debates parlamentarios, en las intervenciones de los dirigentes ante los medios de comunicación, en la utilización de los medios públicos…
No tenemos líderes. Por eso los ciudadanos nos acordamos de Adolfo Suárez, de Felipe González, de Josep Tarradellas... a los que considerábamos políticos con capacidad demostrada de liderazgo. Ellos sí que eran nuestros políticos, los que nos merecíamos, compartiéramos o no su ideología. La pregunta es ¿qué les hacía líderes también a la vista de quienes no les votaban o no comulgaban con sus ideas? He llegado a la conclusión de que el factor común era la visión de Estado que tenían y transmitían, autonómico, federal, sea la que fuere, pero visión de Estado al fin y al cabo. Al menos los electores podíamos votar sobre ideas y proyectos en el marco de un modelo compartido a largo plazo. Estamos pagando las consecuencias de la irresponsabilidad de querer cambiar una parte sin saber cómo queremos que sea el todo. Si se pretende encajar la pieza de un puzle distinto al que se tiene, lo normal es que se acaben desencajando las otras y acabemos teniendo un churro patatero.

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